Queridos amigos, muy buenas noches.
Esta es una entrada que no tendría que estar escribiendo, y tras muchas vueltas, me he decidido a enfocarla de una manera en que confío que nadie se tome a mal. Supongo que la mayoría de vosotros, seáis creyentes, practicantes en mayor o menor grado, o no creyentes en absoluto, habréis visto la película "Jesús de Nazareth", del director italiano Franco Zeffirelli, año 1977. De todas las versiones que se han hecho en cine sobre la vida de Jesús, me quedo con esta sin dudarlo. Y de todas las escenas de la película, hay una que me ha venido a la cabeza hoy. Se trata de aquella en la que el prefecto romano Poncio Pilato le pide al pueblo de Jerusalén que decida sobre la absolución de un condenado a muerte de entre dos candidatos posibles: el asesino Barrabás y Jesús de Nazareth. La historia, ciertamente, es conocida por todos, pero os pido que visualicéis el vídeo, de principio a fin:
Decidme ahora: ¿esto no os recuerda a algo? El agitprop de unos pocos para manejar a la masa aborregada, el intento de acallar a aquellos van a contracorriente defendiendo lo que es justo, una decisión equivocada derivada de esa manipulación y que, no obstante, es acatada en aras de la democracia, un superior que, pudiendo hacer lo correcto, decide lavarse las manos…
Parece, amigos, que, como dice mi admirado César Vidal, la historia tiende a repetirse constantemente. Por alguna extraña razón, esta escena del vídeo me ha venido hoy a la cabeza y me decidí a buscarla en internet para compartir mis reflexiones con vosotros. No me interpretéis mal, no me estoy comparando con Jesús de Nazaret, ni tampoco a España como país o sociedad. Soy creyente y jamás se me ocurriría hacer algo así.
Pero si bien la naturaleza de los personajes que intervienen en ambas situaciones es diferente, no lo son los medios para alcanzar el fin, ni tampoco la rabia o tristeza que deriva de saberse conocedor del aborregamiento de una sociedad cuyos máximos dirigentes prefieren mirar para otro lado ante determinadas injusticias derivadas de la manipulación, aunque esto acarree consecuencias funestas.
Por ello, precísamente por ello, comprendo a la perfección lo que está sintiendo mi muy querido amigo Harto en estos momentos. Y es a él a quien me he querido dirigir desde el principio de esta entrada, es a él a quién le digo ahora en primera persona: Harto, te entiendo perfectamente. Tenemos lo que nos merecemos. ¿Cómo no voy a comprender lo que escribiste si, desgraciadamente, parece que nuestra sociedad española forma parte de un extraño déjà vu, un círculo vicioso del que no sabemos siquiera si merece la pena salir?
Ya sabes dónde estoy si me necesitas.






















Buenos días, queridos amigos.
